Ser humano es un fenómeno de comunicación. Vivimos en cuanto percibimos y compartimos. Este es un espacio para alcanzar a la mayor cantidad posible de otros seres humanos y compartir lo que vivo, pienso y juzgo.

lunes, 19 de febrero de 2007

David Alvarez Martin

No hay hecho más distintivo del ser humano que el pensamiento. Desde la antigüedad clásica ha prevalecido la distinción de lo humano como ser racional por encima de otras posibles características tales como su andadura bípeda y erguida, sus emociones o creencias, su capacidad como homínido, entre otras. Rasgos como su naturaleza política o su don del habla de cierta manera se desprenden de su condición racional. Es el ser humano, siguiendo tan venerable tradición, un animal racional.
Pero definir lo humano como ser que está dotado de razón se presta a serios equívocos y profundos malentendidos. El primero y más señero es identificar razón con orden. Suponemos de la razón una «irracional» tendencia a colocar todo aquello que entra en el campo de su influencia en esquemas y estructuras rígidas, ajena a toda consideración estética, emocional o creativa. Razón equivaldría a control contable o articulación geométrica. Dictaduras, organizaciones basadas en jerarquías piramidales rígidas, expresiones humanas regidas por esquematismos; ajuste de lo humano a la maquina sería consecuencia de identificar razón con orden.
Esta forma de entender lo racional, perversa y reduccionista, ha tenido muy buena prensa desde el pensamiento cartesiano, fue fortalecida por la mentalidad burocrática del Estado-nación moderno y consagrada por el maquinismo de las cadenas de producción y ha alcanzado ciertas formas elementales de la tecnología computacional. Ser racional de esa manera es someter el espíritu humano a la cadena de causas y consecuencias de lo inerte y aniquilar la creatividad, en resumen, es la antítesis de la libertad.
Una segunda forma de entender lo racional es limitarlo a lo sensorial, considerar como razonable exclusivamente lo que es demostrable de manera en que los sentidos la expresan. Es el cauce que con mayor fuerza ha desarrollado el pensamiento científico-tecnológico. La razón pasa a ser un coto limitado de la experiencia humana que se auto justifica en la experimentación y la efectividad técnica. Esta manera de pensar es el motor de la mentalidad del progreso permanente y ascendente, que según parece sufre ahora mismo toda la humanidad. Lo humano es entendido como una evolución que partiendo de lo «natural» avanza imparable hacia la creación de una entidad cibernética, que se toma a sí misma por los pies y se apoya en su propio esfuerzo. Es el ideal de una ciencia que lo explica todo y lo resuelve todo, de una tecnología que es capaz de replicar todas las soluciones que demanda lo humano e ir más allá de lo heredado biológicamente. Los sueños de una codificación genética absoluta del ser humano y todas las formas vivientes del planeta, la terrificación de planetas como el caso de Marte o la generación de máquinas capaces de reproducir lo humano hasta sus últimas consecuencias, son algunos de los ejemplos extremos de esta manera de suponer la razón. En gran medida, la cinematografía, las novelas, los cuentos, gran parte de la literatura van generando ese sueño que está detrás de esa forma de ser de la razón.
Emmanuel Levinas, filósofo báltico nacionalizado francés, explica en gran medida esas formas de entender el pensar cuando decanta las dos relaciones fundamentales del ser humano. Una, con los objetos, con animales y plantas, relación de dominio y gozo, búsqueda del control del entorno como garantía de seguridad. Carente de garras o mandíbulas fuertes, de poco peso y escasa velocidad, al ser humano le viene la razón como herramienta esencial de supervivencia, como poder sobre su entorno.
Pero a la vez, el ser humano se encuentra reclamado por otra relación absolutamente diferente. Es la llamada del otro, del prójimo, de quien no es un objeto de su dominio, sino motivo de escucha, de apertura a su alteridad. Contraria a la «lógica» del vínculo con los objetos, la demanda de atención y convidación al diálogo de los otros es de naturaleza radicalmente distinta.
Frente a los objetos, a la naturaleza, lo humano, el individuo o grupo, imprime su sello y necesidad, el río deja de ser río y pasa a ser suministro de agua potable; la semilla de arroz o el huevo de gallina, mecanismo de reproducción de dichos seres vivientes, es transformado en alimento masivo para nuestra necesidad. En cambio, frente a los otros, individuos o grupos, la «razón» que demanda, el modo de pensar que le viene a su medida, es la escucha, el diálogo, la apertura para descubrir lo totalmente otro que es capaz de ofrecer cada persona. Y en el horizonte, como búsqueda legítima, a pesar de sus limitaciones, la apertura al Otro, con mayúscula, a la alteridad que nos reclama desde lo alto, en su profunda separación pero a su vez, en su íntima cercanía.
El pensar, la razón, ha avanzado con maravillosa celeridad en el dominio de la naturaleza, y el ser de las cosas ha pasado a ser una iluminación de su utilidad, la develación de sus mecanismos profundos para provecho nuestro –en muchas ocasiones, no de todos sino de unos pocos–. En cambio, la razón que alienta la escucha y el diálogo con los otros ha sido marginada o en el peor de los casos tergiversada con formas de dominio aprendidas del trato con los objetos. Nuestros sistemas económicos, de organización política, de educación o creación cultural, le deben más a formas racionales que consideran a los seres humanos como objetos y no como alteridades, que valoran en las personas condiciones propias de lo inanimado o irracional, y no los rasgos distintivos que nos diferencian de ellos.
Aprender a pensar, como forma de humanización, implica una critica profunda de las formas habituales de racionalidad imperantes y la búsqueda de nuevos modelos de pensamiento que reconozcan plenamente la integridad de lo humano, de cada persona en este planeta, y que tenga como única forma posible de acceso la escucha y el diálogo, la justicia y el cuido. La humanización, el deseable proceso de desarrollo de la humanidad, tiene en la racionalidad del orden y en la lógica científico tecnológica un puntal básico y necesario, es menester reconocerlo, pero sobre dichas conquistas siguen como carencias fundamentales las impostergables realizaciones del intercambio entre todos los individuos y naciones que forman la humanidad. Derechos humanos, democracia, diálogo, respeto entre culturas, multilateralismo como mecanismo entre Estados, son algunas de las expresiones actuales de esa búsqueda de una razón que piense lo humano sin reducirlo a la manipulación.
El desarrollo del pensamiento, el aprendizaje del pensar como tarea de humanización, ha de dar cuenta de las distinciones presentadas en esta breve reflexión. El «encanto» de la mentalidad que ordena y manipula la naturaleza para satisfacción de nuestras necesidades no puede agotar nuestra búsqueda de la razón y mucho menos tolerar que sea transferida esa racionalidad a las relaciones interpersonales o a la construcción de los espacios sociales. Pensar lo humano demanda una racionalidad que no está basada en el orden, la eficiencia o el resultado; pensar lo humano nos remite a categorías inaprensibles por la ciencia o la lógica convencional, tales como libertad, apertura, diálogo, solidaridad, justicia, equidad, entre otros.
Merece legítima sospecha una ciencia económica que privilegia los rendimientos financieros y no la distribución de la riqueza, una política que tiene como objetivo el orden y no la emancipación de los individuos, una cultura que refuerza ideologías y no la creatividad. Pensar, como punto de partida, no es neutro. El mismo pensar ha de dar cuenta de sus presupuestos y suposiciones, de sus intereses latentes y explícitos. El mismo pensamiento no se fundamenta a sí mismo, ha de buscar en la ética, como horizonte de la humanización, su norte y dirección, sus alcances y sesgos, su sentido y su fuerza.

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